No me mueve, mi Dios, para quererte

A continuación le ofrecemos el poema anónimo “No me mueve, Mi Dios, para quererte”:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
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Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
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Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
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No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Breve comentario al poema anónimo: No me mueve, mi Dios, para quererte

De todos los versos de amor, que no son pocos, hay unos que retumban más fuerte. No pretendo ser objetivo, pero me gustaría decir que hay unos versos que explican y dibujan el amor mejor que muchos libros y que muchas instafrases. Y es que el amor es una cosa complicada, algo indescifrable que nos lleva de cabeza desde que el hombre-mono dejó de ser mono: ya en la antigua Grecia desde Homero hasta Safo pudimos saborear con poesía ese extraño fenómeno del amor. Pero es cierto que nos preocupó mucho más en la Edad Media cuando los trovadores cantaron con pasión al amor adúltero y cortés. Luego los románticos y los romanticismos, desde Werther hasta Bécquer, rompieron las estrictas normas del matrimonio convenido e infeliz. Allí, en pleno siglo XIX, comenzaba la historia más conocida: todo hijo de vecino desafiaba a sus padres y se casaba por amor y no por dinero; y, si no, a suicidarse o enduelarse. El romanticismo nos habló mucho de idilios, culebrones, suicidios, duelos y desmayos, pero apenas definió qué es el amor. Tanto cuesta definirlo que todavía hoy no sabríamos decir qué es, incluso después de tantos milenios de poesía. Y aquí seguimos, barruntando, pensando cosas y, sobre todo, publicando citas grandilocuentes en redes sociales.

Si tuvieramos que definir el amor —no solo el de pareja, sino cualquier tipo de amor— podríamos decir que es el vínculo que hace que uno se interese por otro, pero sin esperar nada a cambio. Esas miradas gratis en el autobús, el cariñoso cuidado que le procura una madre a su hijo, el invitar a cervezas a un amigo querido. Un interés desinteresado, suena a paradoja, o mejor, oxímoron; pero no importa, es cierto. Todos los poetas han intentado cantar lo que el amor ha sido, mejor dicho, lo que el amor debería ser, pero ninguno con más acierto que el autor de este Soneto, sobre todo por los últimos tres versos.

Análisis No me mueve, mi Dios

A Dios mismo van dirigidos estos versos, pero esto no es una catequesis, no pretende decirnos que debemos rezar. Es un grito desesperado de amor, y por eso nos interesa. El Yo poético se dirige a Dios, pero desafiando:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

La paráfrasis breve de este fragmento sería: “no me asustan tus castigos, ni me anima tu recompensa”.

En el segundo cuarteto del soneto, entonces, el “Yo” se confiesa:

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

De nuevo, parafraseamos a nuestras palabras para un mayor entendimiento: “sí, hay algo que mueve a quererte, eres tú, que has muerto y sufrido gratuitamente”.

Esa muerte y sufrimiento han conquistado el corazón del poeta, le enamoran. Y no se trata de devolver ningún favor, sino de unas ‘afrentas’ y una ‘muerte’ que conmueven. No es lo mismo sentirse obligado que ser movido o, mejor, conmovido. Es entonces que, en el primer terceto, repite la misma idea del primer cuarteto con una sonoridad más bella:

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Se entiende bien, es básicamente la misma idea que la primera estrofa pero colmando cada letra, cada palabra del poema de un profundo amor. Todos los versos nos conducen hasta la última estrofa, el último terceto. El colofón, por supuesto, el motivo por el que nos vemos movidos a escribir estas palabras, viene en forma de tres versos preciosos que se engarzan con el terceto anterior:

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Estos tres versos nos hablan del amante que no espera, es un enamorado que acude al encuentro y es movido, empujado de forma tan intensa que no espera un recibo. El amor es una fuerza impulsiva y buena que empuja a entregarse, sin reservas. No me interesa ahora que el destinatario sea Dios, en absoluto: la grandeza de este terceto es visible a los ojos de cualquiera: un ateo, un romántico o un monje.

En suma, nos encontramos ante una descripción del amor en tres frases y, además, rimadas y medidas… ¡quién pudiera! Lealmente, el amor es eso. Quien se entregó, lo sabe.

Jaime A. Perez Laporta

Graduado en Humanidades por la UPF, profesor y poeta de la derrota. Redactor en este gran proyecto de EsPoesia. La literatura es fundamental para decir lo mismo, pero mejor
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