Quiero ser un escritor brillante

Se dice que, en la vida, hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. No recuerdo quién dijo en Twitter que las dos primeras cosas pueden soportarse si se hacen en masa, pero que, por favor, nadie escribiese más libros. Sin embargo, nos emperramos en escribir, en creernos y querernos escritores brillantes, como unos Bukowskis pos-posmodernos. Dispuestos a morir de hambre y sueño por ser autores famosos.

Muchos autores, entre otros, Vargas Llosa en su discurso del Nobel, dicen que la literatura es oxígeno que asiste en nuestra asfixia cotidiana, la ficción literaria es un salvavidas en la borrasca de la realidad. Pero no nos pongamos melodramáticos, no se siempre se huye de un apocalipsis emocional, sino de una vida terriblemente aburrida.




Los escritores son personas que expresan de forma brillante sentimientos sublimes, pero no son los héroes de su literatura. Lo dijo el escritor Juan Soto Ivars hace unos días sobre el cantante Willy Bárcenas tras los premios planeta: “parece un personaje literario perdido entre escritores”. No es lo mismo vivir grandes aventuras que describirlas.

Lo mismo llegó a decir Antonio Machado con unos versos brillantes: “Ni un seductor Mañara o un Bradomín he sido” y eso no quita que el poeta se hubiera enamorado. Tan cierto es esto como que Lermontov no fue el héroe de su tiempo, solamente el biógrafo. Los poetas rusos, no lo olvidemos, buscaron batirse en duelos, pero no ganaron muchos. Si obtuvieron algo de fama, fue a cambio de la muerte y de sus versos, por supuesto. No fue su fama a través de su vida, sino de su arte y de su muerte. Garcilaso fue un gran soldado, solo se fue al asedio, dicen, y sólo se le cayó una piedra en la cabeza. Ahí terminó la épica. Por no decir que de Isabel Freyre no logró obtener favor alguno, ¡pero qué versos más bellos escribió!

Beaudelaire, de G. Courbet

Y es que los poetas, los narradores y los dramaturgos son sólo testigos, mensajeros, transmisores. No son protagonistas nunca. Su ficción pone el foco sobre sus líneas, antes que sobre sus vidas. Aun cuando escriban autobiografías siempre engrandecerán sus actos con su pluma. Sus vidas se harán más inteligibles e incluso más agradables, en sus libros. No sé si Andés Trapiello será más amable en sus infinitos volúmenes de sus Diarios que en las distancias cortas, pero en un debate televisivo en 1976 intentó ridiculizar a Santiago Amón. Éste, gran poeta y escritor, cometió el elitista “exceso” de recurrir a la etimología griega de la palabra “crítica”, y un joven y revolucionario Trapiello no se lo “perdonó”. Creo que en esos diarios trapiellanos no se vislumbra tal desprecio a la sabiduría. Definitivamente, preferiría leerlos todos antes que encontrarme con aquel joven en un debate.

Ser un observador en un segundo plano nunca fue un problema. El autor crea mil aventuras, expresa mil sentimientos, aunque sea sobre el papel, y con eso ya hace mucho. El poeta quizá no es lo extraordinario, pero es el escogido para señalarnos aquello extraordinario.




Quien, en el bullicio de la ciudad, es capaz de observar un rostro o una puesta de sol, y  reseñar su valor a través de unos versos, ese es buen escritor. El escritor brillante es, nada más y nada menos, el que detecta el brillo. Y tiene que aceptar esa humilde posición. Cuando uno se amolda a ese aparente papel secundario, comienza a ver en todos los rincones lo extraordinario.  Florecen las maravillas de alrededor cuando el ego se desinfla. ¿Quieres ser un escritor brillante? No te interpongas, comunica lo extraordinario.

Jaime A. Perez Laporta

Graduado en Humanidades por la UPF, profesor y poeta de la derrota. Redactor en este gran proyecto de EsPoesia. La literatura es fundamental para decir lo mismo, pero mejor
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