En la historia de la humanidad siempre destacan aquellos valerosos o malvados, que ocupan un cargo importante o libran batallas a capa y espada o en el campo de las ideas. Y aunque muchos han sobresalido sobre el resto hay uno, Joseph Fouché, que ha pasado a la historia por todo lo contrario. Un fantasma entre las sombras, un felino agazapado, camuflado entre la fauna para saltar sobre su presa en el momento oportuno.

Hoy Fouché sería acribillado por su falta de principios o, más bien todo lo contrario, sería el arquetipo político con más votos precisamente por la tenencia de lo que carece: su único principio es que no tiene principios. Joseph Fouché nunca pierde, porque es del partido que siempre gana. Su partido: el de la mayoría. Y es este el modo en que Fouché entra en la política. Él, que se encontraba entre los moderados en las Cortes, interviene con sangre fría para pedir la cabeza del rey Luis XVI –preso en el Temple–. Porque Fouché, despiadado calculador, ya había hecho el recuento oportuno para saber qué partido, qué bando, saldría vencedor. Así, cuando se cuestiona a los diputados franceses si debe el rey Luis Capeto –como le llamaban algunos despectivamente– seguir con vida, Fouché sube al estrado y responde como la mayoría jacobina: «La mort».

Y es en esta misma ocasión donde Fouché traiciona a los suyos, a Condorcet y Daunou, a quienes había prometido votar por el rey. Pero no será este motivo de preocupación para nadie y menos para Fouché, pues algo tan miserable como la deslealtad a los amigos será típico en su obrar. Y también en los enemigos. Pues es este el único principio del ahora diputado, el antes seminarista y el futuro duque de Otranto.

La primera gran intervención de Fouché marcará el porvenir de su trayectoria, como un augurio. Tras la traición a sus amigos y al rey, en definitiva, a los moderados, Fouché se volverá el más radical. Como Judas, tras la traición, se escabulló entre las sombras avergonzado o enloquecido o intranquilo por sus fechorías; Fouché hará todo lo contrario: con la cabeza bien alta y el orgullo en sí mismo, caminará plácidamente ante la multitud, como uno de sus héroes. Y tal radicalidad tiene como primer objetivo la criba de aquellos que son considerados enemigos de la República. Entonces tildan a Joseph Fouché como el «mitrailleur de Lyon» –el ametrallador de Lyon–, más de 600 víctimas y pueblos enteros derruidos. Pero Fouché no pagará por ello, quizá, más que con las llamas del fuego eterno; porque Joseph Fouché ha sabido leer el rumbo del viento y antes de que sea juzgado por ello, cambia radicalmente de postura. De este modo, Fouché hace responsable de todas las muertes y desperfectos a su colega Collot d’Herbois, quien había participado en la masacre y bombardeo.

Y tras estas líneas lo dejaré, pues es este un sucinto resumen sobre uno de los capítulos de «Fouché: retrato de un hombre político». Y que, en efecto, no quisiera destripar al lector el placer de poder disfrutar de esta maravillosa biografía sobre el hombre del poder en las sombras. Es por ello que doy fin a estas líneas con la intención de que sea el lector el que voluntariamente se adentre en las entrañas de esta fascinante y apasionante lectura, de la pluma de Stefan Zweig.

Feliz lectura, felices libros.

 

Toni Gallemí

En la facultad de Periodismo de la Universidad Internacional de Catalunya. Colaboro con EsPoesía y Think Tank Civismo. También escribo en mi blog personal «Aurea Mediocritas». Escribo con mis virtudes y defectos. El auténtico arte aspira a la belleza y, por tanto, a lo verdadero.
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